martes, 5 de enero de 2010

COLABORACIONES



UN MUNDO DE NYLON
AVATAR, DE JAMES CAMERON, USA, 2009.

Por Oscar Alberto Cuervo, editor de La Otra
Gentileza blog La Otra.

Definitivamente, Avatar no es la película de la década que terminó ni de la que acaba de empezar. Ni siquiera será la película del año. De hecho, no es la película de la semana (se estrenó finalmente la genial Rosetta, diez años después, pero eso será motivo de otro post). El concepto con el que se ha encarado la campaña mediática que sostiene el lanzamiento de la nueva película de Cameron dice que se trata de una revolución en la historia del cine, que Avatar es una película que anticipa el cine del futuro. A esta altura, estoy inclinado a pensar que nada (ninguna mercancía de las industrias culturales) puede autopostularse como el inicio de una revolución. Y que todo producto que se vende a sí mismo como revolucionario es probablemente un fraude comercial. No son las campañas de prensa las que pueden dar por comenzada una revolución. Lo triste es que muchos comentaristas suelen reproducir este tipo de aserciones. Así ha vuelto a pasar esta semana con Avatar: la frase lanzada por la 20th Century Fox acerca del caracter revolucionario de la película es reproducida sin crítica en reseñas de todo el mundo, incluida Buenos Aires.
Avatar es cine de la década del 80 (esto implica: de la peor década del cine) inflamado de ortopedia y anabólicos: no puedo dejar de asociar esta película al rostro deformado de Ricardo Fort, la misma prepotencia del dinero aplicado a una tecnología para producir un cyborg repelente. Hay muchos desarrollos tecnológicos que se exponen aquí por primera vez, pero las innovaciones inflaman un organismo avejentado. Cuesta reoconocer en estos extenuantes 163 minutos al autor de Titanic. En términos estéticos, lo que logra Cameron es un retroceso lamentable. Titanic quizá haya sido el último gran melodrama clásico, aquel en el que toda espectacularidad quedaba absorbida por una escena íntima que constituía la razón del ser del film: los momentos finales que los enamorados pasaban juntos tiritando, tomados de la mano y bajo las estrellas, antes de que Di Caprio se hundiera en el abismo oscuro del mar (esa profundidad que en la película funcionaba como metáfora del corazón de la mujer). Esa hondura prevalecía frente a la ostentación fálica del transatlático. Así quedaba conjurado el riesgo que tiene todo megaespectáculo de que su estética sea devorada por su gigantismo de producción. En Avatar no quedan rastros de ese intimismo y entonces lo que prevalece es un pavoneo tecnológico destinado a abrumar al público con su poderío. La desesperación por asaltar sensorialmente al espectador es tal que no hay escena que no esté atiborrada de artilugios visuales, una ostentación de un millón y medio de dólares por minuto que, paradójicamente, se traduce en baratijas artísticas que atascan la fluidez narrativa. El asedio a la percepción consuma una de las tendencias que arruinó el cine mainstream desde los 80: son más importantes los detalles que el todo que los sostiene.
Quizá la incongruencia más notoria que Avatar propone sea su contradicción performativa: el "mensaje" manifiesto del film es el de un respeto por la naturaleza encarnado por la cultura de los Na'vi, frente a la invasión bélica llevada a cabo por las tropas terrestres. Pero la política de un film nunca se define por la peripecia que aparece expuesta en la pantalla, sino por la manera en que la pantalla se vincula con el espectador. Y Avatar asedia la percepción del espectador como una máquina bélica que lo bombardea con el fin de que se rinda ante su poderío. Toda la perorata ecologista y el espiritualismo new age que se declaman son constantemente desmentidos por una textura fílmica que ha desalojado de la pantalla todo rastro de naturaleza. Si el cine ha sido desde su invención hace 115 años una combinación del registro de lo real con una experiencia alucinatoria, si su extraña potencia se alimenta de la tensión que producen esas dos fuerzas heterogéneas, en Avatar la industria anuncia su intención de expulsar a la realidad del cine y reemplazarla por un sucedáneo. Ya no se trata de una alucinación colectiva, sino de una pesadilla de diseño.


A pesar de los millones invertidos, el mundo de Avatar es de nylon, de consistencia mínima. La proliferación de detalles y su nitidez forzada ponen de manifiesto el vacío que habita en su centro. La metáfora del árbol de la vida alrededor del cual gira la civilización de los gigantes azules del Planeta Pandora pretende volverse una enseñanza (producida por la Fox y estrenada simultáneamente en la aldea global) para una humanidad descarriada . Es una metáfora de nylon. Ni siquiera es el polietileno con que Fellini construía sus océanos ilusorios (ojalá tuviera este esperpento algún rastro de la gracia de Fellini).



El principal problema, incluso para una mercancía de la industria cultural, es encontrar un envase adecuado. Pero Cameron, con todos los años de research y los millones invertidos, no logra resolver los notorios saltos de textura visual entre las escenas virtuales, teñidas de flúo (curiosamente son las que nos tratan de transmitir amor por la naturaleza) y las registradas por métodos analógicos. La imagen sintética (que reclama un formato de videogame) entra en fricción con la molesta presencia de las personas de carne y hueso. La ingravidez del punto de vista virtual (no se puede hablar de cámara) se ve interferida por la pesantez de las escenas registradas con una cámara real. El resultado es un pastiche de procedimientos que no logran integrarse.Una imagen falsa es tan peligrosa como una palabra falsa. La imagen a la que Cameron apela enfáticamente es la de un ojo abierto y expectante. Es una apelación a la mirada del espectador, pero el ojo que aparece en pantalla es un ojo plástico, detrás del cual nadie, nada, mira. Un ojo muerto. Y lo que espera Cameron de su espectador es que sólo se rinda ante sus misiles fosforescentes. Todo es falso en Avatar, lo contrario de lo que dice ser: lo natural es artificial, lo revolucionario es retrógrado, la emoción es calculada y la vitalidad es lúgubre. Es difícil imaginar que James Cameron pueda salir alguna vez de esta vía muerta.

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